El Cuerpo de Ana
Las imágenes presentadas son meramente ilustrativas
[ADVERTENCIA: HISTORIA LARGA]
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Ana abrió los ojos lentamente, sintiendo el peso familiar de las sábanas sobre su cuerpo. La luz del sol se filtraba a través de las cortinas entreabiertas de su habitación, proyectando rayas doradas sobre el suelo de madera. Tenía diecinueve años, el cabello castaño oscuro que caía en ondas sueltas sobre sus hombros, y una rutina que repetía casi sin pensar: estirarse, bostezar y obligarse a salir de la cama antes de que el calor de la mañana la tentara a quedarse cinco minutos más.
Se levantó, ajustándose la camiseta holgada que usaba para dormir, y se dirigió al baño. El espejo le devolvió su reflejo: ojos marrones expresivos, piel clara y una figura esbelta pero con curvas suaves que ella solía ignorar bajo la ropa cómoda. Se lavó la cara con agua fría, se cepilló los dientes y eligió su atuendo para la universidad: una blusa blanca ajustada pero modesta, una falda oscura, de un tamaño mediano/corto y unas zapatillas blancas.
Bajó a la cocina, donde el aroma del café recién hecho flotaba en el aire. Su madre, una mujer de cincuenta y pocos años con el mismo cabello castaño pero recogido en un moño práctico, estaba junto a la encimera revisando su teléfono.
—Buenos días, mamá —dijo Ana con una sonrisa, acercándose a darle un beso rápido en la mejilla.
—Buenos días, mi vida. ¿Dormiste bien? Te ves un poco... no sé, como si hubieras tenido una noche rara —respondió su madre, observándola con esa mirada atenta que solo las madres tienen.
Ana se encogió de hombros mientras servía café en su taza térmica.
—Dormí normal, creo. Solo estoy un poco cansada por los exámenes que se vienen. Hoy tengo clase de literatura hasta las tres, así que no me esperes para almorzar.
Su madre asintió, pero frunció ligeramente el ceño.
—Come algo antes de salir, Ana. No quiero que vayas con el estómago vacío. Y avísame si llegas tarde, ¿sí?
—Claro, mamá. No te preocupes —contestó Ana, mordiendo una tostada con aguacate. Charlaron un par de minutos más sobre el tráfico y los planes del fin de semana, hasta que Ana miró el reloj y se despidió con otro beso en la mejilla.
Al cerrar la puerta de la casa, sintió un cosquilleo extraño en la nuca, como si una pluma invisible recorriera su piel desde la base del cráneo hacia los hombros. Se llevó la mano al cuello instintivamente, frotándolo.
—Qué raro… debe ser el estrés —murmuró para sí misma, sacudiendo la cabeza.
Caminó hacia la parada del autobús bajo el sol de la mañana. Las calles del barrio residencial estaban llenas de gente yendo a sus rutinas: estudiantes, trabajadores, madres con carritos. Ana intentaba concentrarse en la playlist que sonaba en sus auriculares, pero algo no encajaba. Su mirada se desviaba sin que ella lo notara. Al pasar junto a una joven que caminaba en dirección contraria, sus ojos se detuvieron en el escote pronunciado de su blusa, en la forma en que sus pechos se movían con cada paso. Un segundo después, su atención bajó hacia el culo firme y redondeado de otra chica que esperaba en la esquina, los jeans ajustados marcando cada curva. Ana parpadeó, confundida, pero no se detuvo. El cosquilleo en su nuca se intensificó, cálido y persistente, como si algo se estuviera acomodando dentro de ella.
Sacudió la cabeza de nuevo y siguió caminando, atribuyéndolo al calor o a la falta de sueño.
Al llegar a la entrada principal de la universidad, vio a su amiga Carla esperándola junto a la fuente, como siempre. Carla era rubia, de ojos verdes y una sonrisa fácil que iluminaba cualquier mal día. Llevaban años siendo inseparables.
—¡Ana! Por fin, pensé que te habías quedado dormida —exclamó Carla, acercándose con los brazos abiertos para el saludo habitual: un beso rápido en la mejilla.
Ana sonrió y se inclinó hacia ella. Pero en el momento en que sus labios rozaron la piel de Carla, algo tomó el control. En lugar de apartarse, giró ligeramente la cabeza y capturó los labios de su amiga con los suyos. El beso se profundizó de inmediato: su lengua se deslizó entre los labios de Carla, buscando la suya con una urgencia hambrienta, saboreando el leve gusto a menta de su pasta dental. Una mano de Ana subió incluso hasta la cintura de Carla, atrayéndola un poco más cerca durante esos pocos segundos intensos.
Carla se tensó, sorprendida, y se apartó bruscamente, con los ojos muy abiertos.
—¿Qué… qué carajos, Ana? —balbuceó, tocándose los labios con los dedos. Su rostro estaba rojo intenso.
Ana retrocedió un paso, sintiendo cómo el calor subía por sus mejillas hasta las orejas. Su corazón latía desbocado y un sabor extraño, dulce y prohibido, permanecía en su boca.
—Yo… no sé qué me pasó —murmuró, avergonzada, mirando al suelo. La nuca le ardía ahora—. Lo siento, Carla. No sé por qué hice eso. Fue como… un impulso raro.
Carla se quedó mirándola unos segundos, todavía aturdida, pero luego soltó una risa nerviosa, intentando aligerar el momento.
—Joder, Ana, ¿estás practicando para alguna obra de teatro o qué? Eso no fue un beso de saludo, eso fue… bueno, eso fue otra cosa. ¿Estás bien? Te ves un poco rara hoy.
Ana se rio también, aunque la risa sonó forzada. El cosquilleo en su nuca se había extendido ligeramente por su espalda, cálido y casi reconfortante, como si algo dentro de ella estuviera sonriendo.
—Sí, estoy bien. Debe ser el estrés o algo. Perdón de verdad. ¿Pasamos de esto? No quiero que sea raro entre nosotras.
Carla dudó un segundo, pero finalmente asintió, enlazando su brazo con el de Ana como siempre.
—Está bien, loca. Pero la próxima vez avísame antes de atacarme con lengua, ¿eh? Vamos, que llegamos tarde a literatura.
Mientras caminaban juntas hacia el edificio principal, Ana sentía una extraña mezcla de vergüenza y una excitación sutil que no lograba explicar. Dentro de ella, algo observaba, esperaba y se preparaba para el siguiente movimiento.
Ana y Carla caminaban por los pasillos de la facultad, el brazo de una enlazado con el de la otra como siempre. El incidente de la entrada quedó temporalmente enterrado bajo una conversación ligera.
—¿Viste la tarea de ayer? Ese análisis de Cien años de soledad me tuvo despierta hasta las dos —comentó Carla, rodando los ojos con dramatismo—. García Márquez es un genio, pero a veces siento que me quiere volver loca.
Ana se rio suavemente, aunque su voz sonaba un poco más ronca de lo habitual.
—Dímelo a mí. Tuve que releer el capítulo tres veces. Creo que voy a necesitar tus apuntes para la parte del realismo mágico. Siempre lo explicas mejor que el profesor.
Charlaron animadamente sobre la clase, sobre el chico que se sentaba dos filas atrás y que no dejaba de mirar a Carla, y sobre los planes para el fin de semana. El cosquilleo en la nuca de Ana había disminuido, pero permanecía allí, latente, como un susurro constante bajo su piel.
Entraron al aula de literatura, un salón amplio con filas de pupitres de madera antigua y ventanas altas que dejaban entrar la luz natural. Se sentaron en sus lugares habituales, hacia el medio de la sala. El profesor, un hombre de voz pausada y gafas gruesas, dio inicio a la sesión con una breve explicación antes de dejarlos trabajar en silencio en un ejercicio de análisis textual.
El aula quedó en calma. Solo se oía el roce de lápices sobre papel y alguna tos ocasional. Ana había empezado a escribir sus ideas con fluidez, su mano derecha moviéndose con soltura. De pronto, sus dedos se tensaron alrededor del lápiz. Este cayó sobre el pupitre con un sonido seco que nadie pareció notar.
Ella frunció el ceño, confundida, mirando su mano como si no le perteneciera. Antes de que pudiera reaccionar, el brazo se movió con decisión. Su mano derecha se deslizó bajo la blusa blanca y se cerró sobre su propio pecho izquierdo. Los dedos apretaron con fuerza, masajeando la carne suave y sensible con movimientos intensos y deliberados. Sintió cómo su pezón se endurecía inmediatamente contra la palma, enviando una oleada de placer caliente que le recorrió el cuerpo.
Mordió con fuerza el interior de su mejilla para no gemir. Su respiración se volvió entrecortada. Intentó apartar la mano con la izquierda, pero esta también dejó de responder. En cuestión de segundos, la mano izquierda se unió a la derecha, colándose bajo la blusa para apoderarse del otro pecho. Ambas manos masajeaban ahora con avidez, apretando, amasando, pellizcando suavemente los pezones erectos. El placer era intenso, casi abrumador. Ana apretó los muslos bajo el pupitre, luchando por mantener una expresión neutra mientras su cuerpo traicionero respondía con calor húmedo entre sus piernas.
Nadie parecía darse cuenta. El silencio del aula continuaba, roto solo por el sonido ocasional de páginas pasando.
Después de varios minutos que le parecieron eternos, el control regresó tan abruptamente como se había ido. Sus manos volvieron a obedecerla. Ana las sacó rápidamente de debajo de su blusa, ajustándose la ropa con disimulo, el rostro ardiendo y el corazón latiéndole con fuerza. Sus pechos quedaban sensibles, hinchados por la manipulación.
Cuando la clase terminó y los estudiantes empezaron a recoger sus cosas, Carla se acercó a ella con el ceño fruncido.
—Ana, ¿qué te pasa hoy? En serio. Primero el beso rarísimo de la mañana y ahora… te vi. Te estabas tocando. En medio de la clase. ¿Estás bien? ¿Tomaste algo? ¿Te sientes mal?
Ana tragó saliva, buscando las palabras mientras guardaba sus cosas en la mochila.
—Carla, te juro que no sé qué me está pasando. Es como si… no controlara mi cuerpo por momentos. Primero el beso, ahora esto. Estoy asustada, yo nunca…
No pudo terminar la frase. Su mano derecha, de nuevo rebelde, se lanzó hacia adelante con rapidez. Sus dedos se cerraron sobre el pecho derecho de Carla, apretándolo con la misma intensidad hambrienta que había usado consigo misma. La palma masajeó la carne firme a través de la camiseta fina de su amiga, sintiendo el pezón endurecerse bajo el tacto.
Carla soltó un jadeo ahogado, sus ojos abriéndose por la sorpresa y la indignación.
—¿Qué mierda haces? —susurró con furia, intentando apartarse. Pero la mano de Ana no cedía, amasando con deseo evidente, el pulgar rozando el pezón erecto.
Durante unos segundos intensos, el contacto fue eléctrico. Ana sentía la suavidad del pecho de Carla, su calor, la forma en que respondía al tacto a pesar de la resistencia. Su propia respiración se aceleró, y un gemido bajo escapó de sus labios sin que pudiera evitarlo.
—¡Ana, basta! —exclamó Carla, más alto esta vez. Con un movimiento brusco, le dio una bofetada en la mejilla que resonó en el pasillo ahora medio vacío.
El golpe hizo que Ana retrocediera, soltando finalmente el pecho de su amiga. La marca roja de los dedos quedó visible en su rostro. Carla se cubrió el pecho con un brazo, respirando agitada, los ojos brillando de rabia y confusión.
—¿Qué coño te pasa? ¡Esto ya no es gracioso! ¡No me toques! —gritó, dando un paso atrás—. Si sigues así, no sé qué voy a hacer, Ana. Esto no eres tú.
Ana se llevó la mano a la mejilla ardiente, lágrimas de vergüenza y miedo asomando en sus ojos. El cosquilleo en su nuca pulsaba ahora con fuerza, casi como una risa interna.
—Carla… lo siento. No sé qué me está pasando. Por favor, créeme… —su voz se quebró.
Carla la miró una última vez, con el rostro enrojecido por la mezcla de ira y humillación. Sin decir otra palabra, se dio la vuelta y se alejó por el pasillo a paso rápido, dejando tras de sí un silencio pesado.
Varios estudiantes que salían de las aulas cercanas se habían detenido. Algunas miradas curiosas, otras abiertamente sorprendidas, se clavaron en Ana. Un murmullo bajo comenzó a extenderse: “¿Qué le pasa a esa chica?”, “¿Se pelearon?”, “Eso se vio muy fuerte…”. Ana sintió todas las miradas como agujas sobre su piel. Bajó la cabeza, recogió su mochila con manos temblorosas y salió del salón tan rápido como pudo, escapando de los susurros.
Era el receso. Los pasillos se llenaban de estudiantes que charlaban, reían y caminaban hacia la cafetería o los patios. Ana avanzaba casi en trance, con la mejilla aún ardiendo por la bofetada y el corazón latiéndole con fuerza.
—¿Qué me está pasando? —susurró para sí misma, apretando los puños—. Primero el beso, luego en clase… y ahora Carla. No soy yo. Esto no soy yo…
Sus pies, sin embargo, dejaron de obedecerla de repente. Se detuvieron en seco en medio del pasillo. Ana intentó dar un paso hacia la salida principal, pero sus piernas se negaron. En cambio, giraron con determinación hacia el ala este del edificio. Caminaban solas, con paso firme y seguro, ignorando por completo su voluntad.
—¿Qué…? ¡Para! —murmuró, intentando detenerse. Sus músculos no respondían. Subieron las escaleras de emergencia, dos pisos, tres, hasta llegar a la puerta que daba a la terraza superior del edificio principal, un espacio amplio y algo descuidado que los estudiantes usaban rara vez, reservado sobre todo para mantenimiento.
La puerta se abrió con un chirrido. El viento cálido de la tarde golpeó el rostro de Ana cuando salió a la azotea. Desde allí arriba se veía gran parte del campus: estudiantes diminutos caminando como hormigas, los techos de otros edificios y, más allá, la ciudad.
Su cuerpo se detuvo cerca del borde protegido por una baranda baja de concreto. Entonces, sus manos actuaron de nuevo por cuenta propia. Se deslizaron bajo la falda. Ana sintió cómo sus propios dedos enganchaban el borde de sus bragas de algodón blanco y las bajaban lentamente por sus muslos, dejando al descubierto su sexo. El aire fresco rozó su intimidad desnuda.
—No… ¿qué estás haciendo? ¡Detente! —suplicó en voz baja, aterrorizada.
Sus manos terminaron de bajar las bragas hasta los tobillos. Se las quitó completamente y, sin dudar, las arrojaron con fuerza por encima de la baranda. La prenda blanca voló un momento, agitándose con el viento, antes de descender en espiral hacia los patios inferiores, perdiéndose de vista entre los edificios.
Ana se quedó allí, con las piernas ligeramente separadas. Sus manos subieron hasta detrás de su nuca, entrelazando los dedos como si estuviera en una posición de rendición o exhibición. Su pelvis se inclinó ligeramente hacia adelante, hacia el borde.
Y entonces comenzó.
Un chorro caliente de orina brotó de entre sus piernas, cayendo en un arco desde lo alto de la terraza. El sonido era claro para ella: el líquido golpeando contra el concreto del borde y luego cayendo varios pisos abajo. Ana sintió el calor húmedo recorriendo sus muslos internos, la vergüenza absoluta inundándola como una ola. Su rostro estaba completamente rojo, los ojos llenos de lágrimas que no caían.
—Por favor… que nadie me vea… por favor… —pensaba desesperada, mordiéndose el labio inferior con tanta fuerza que sintió el sabor metálico de la sangre. Intentaba cerrar las piernas, bajar las manos, cualquier cosa, pero su cuerpo permanecía inmóvil en esa postura humillante: piernas abiertas, manos detrás de la nuca, orinando de pie como si estuviera marcando territorio desde el punto más alto de la universidad.
El chorro pareció durar eternamente. Cada segundo aumentaba su mortificación. Abajo, cualquiera que mirara hacia arriba podría verla. El viento movía su cabello y levantaba ligeramente la blusa, dejando expuesta parte de su vientre.
Cuando finalmente terminó, las últimas gotas cayeron. Sus manos bajaron despacio, pero el control no regresó del todo. Su cuerpo permanecía allí, expuesto, vulnerable, mientras el viento secaba la humedad de sus muslos.
Ana respiraba agitada, con lágrimas rodando ahora por sus mejillas.
—¿Qué eres? ¿Qué me estás haciendo? —susurró con voz rota, sin entender nada.
El viento siguió soplando sobre la terraza, pero el control regresó parcialmente. Ana bajó los brazos con alivio, solo para sentir que sus manos volvían a actuar por cuenta propia. Se metieron bajo la blusa, desabrocharon el cierre delantero de su sostén con habilidad experta y lo sacaron por las mangas sin quitarse la prenda superior. El sujetador blanco voló también por encima de la baranda, uniéndose al destino desconocido de sus bragas, agitándose en el aire antes de desaparecer entre los edificios.
Por fin, el dominio sobre su cuerpo regresó por completo. Ana se tambaleó un segundo, cubriéndose instintivamente los pechos con un brazo a través de la blusa fina —ahora sin nada debajo, sus pezones endurecidos se marcaban claramente contra la tela—. El pánico la invadió.
—¡No! ¡Otra vez no! —jadeó.
Salió corriendo de la terraza, bajando las escaleras de dos en dos, con el corazón desbocado y las mejillas empapadas de lágrimas. Sentía el aire fresco subiendo por debajo de su falda —no, jeans— y rozando directamente su sexo desnudo. Cada paso le recordaba su vulnerabilidad.
—¿Qué me está pasando? ¿Cuándo va a parar esto? —pensaba mientras corría por los pasillos, esquivando estudiantes que la miraban extrañados—. No soy yo… no soy yo…
Llegó casi sin aliento al patio central, donde el receso estaba en pleno apogeo. Allí, cerca de los bancos bajo los árboles, se encontró de frente con Valeria, una conocida de su grupo de estudio. Valeria era alta, de cabello negro largo y liso, curvas pronunciadas y una falda plisada que usaba con frecuencia.
—Ana, ¿qué te pasa? —preguntó Valeria al verla llegar corriendo, con el rostro descompuesto y la respiración agitada—. Estás toda roja y… ¿estás llorando? ¿Pasó algo con Carla? La vi pasar hace rato hecha una furia.
Ana se detuvo frente a ella, intentando recuperar el aliento. Las palabras salieron atropelladas.
—Valeria… no sé cómo explicarlo. Mi cuerpo… está haciendo cosas que yo no quiero. No lo controlo. Primero besé a Carla, luego me toqué en clase, después… arriba en la terraza… y ahora… —su voz se quebró—. Creo que algo me está poseyendo o… no lo sé. Suena loco, pero por favor, créeme.
Valeria la miró confundida, frunciendo el ceño.
—¿Poseyendo? Ana, ¿te golpeaste la cabeza o qué? Eso suena a película de terror. ¿Estás segura de que no es estrés o…?
No pudo terminar la frase.
El cosquilleo regresó con fuerza en la nuca de Ana. Su cuerpo se movió con rapidez y decisión. Dio un paso adelante, presionando a Valeria contra el tronco de un árbol cercano con un arrimón firme. Sus caderas se pegaron a las de ella, pecho contra pecho. Antes de que Valeria pudiera reaccionar, Ana capturó sus labios en un beso profundo y ardiente.
El beso fue cargado de una pasión hambrienta. Su lengua invadió la boca de Valeria con avidez, enredándose con la suya, saboreándola con gemidos bajos y placenteros que vibraban en su garganta. Una de sus manos bajó hasta el borde de la falda plisada de Valeria, la levantó sin pudor y se metió debajo, aferrando con fuerza una de sus nalgas desnudas —solo cubierta por una fina tanga—. Los dedos apretaron la carne suave y firme, amasándola con deseo descarado, separando ligeramente las mejillas y hundiendo las yemas en esa curva cálida y tentadora. Ana presionó su pelvis contra la de Valeria, frotándose con un movimiento lento y sensual mientras el beso se volvía más húmedo, más desesperado, más explícito.
Valeria soltó un gemido ahogado de sorpresa contra su boca, su cuerpo tensándose al sentir la mano explorando su culo con tanta intensidad.
De pronto, reunió fuerzas y empujó a Ana con ambas manos, apartándola violentamente.
—¡¿Qué demonios te pasa, Ana?! —gritó Valeria, ajustándose la falda con rapidez, el rostro rojo de furia y vergüenza—. ¡No me toques! ¿Estás loca? ¡Esto no es normal!
Ana retrocedió tambaleándose, recuperando el control de su cuerpo justo en ese momento. Se quedó allí parada, jadeando, con los labios hinchados por el beso y la mano aún hormigueando por el tacto de la piel caliente de Valeria. Las miradas de varios estudiantes cercanos ya se dirigían hacia ellas.
—Yo… Valeria, lo siento… no fui yo… mi cuerpo… —intentó explicar, pero las palabras sonaban débiles incluso para ella. Las lágrimas volvieron a llenar sus ojos mientras la vergüenza y la confusión la abrumaban—. No sé cómo parar esto… por favor…
Valeria la miró con una mezcla de miedo y enojo, retrocediendo.
—Mantente lejos de mí hasta que se te pase lo que sea que tengas —le espetó antes de darse la vuelta y alejarse rápidamente.
Ana se quedó paralizada en medio del patio, con el pecho agitado y los ojos llenos de lágrimas que amenazaban con desbordarse. Sentía la humillación quemándole la piel. Estaba a punto de romper en llanto cuando el timbre resonó por todo el campus, fuerte y claro, anunciando el inicio de la siguiente hora de clases.
Su cuerpo reaccionó de inmediato. Las piernas comenzaron a caminar por su cuenta, con paso decidido, internándose de nuevo en los pasillos del edificio principal. Ana intentaba detenerse, pero era inútil.
«Por favor… que no sea nada raro esta vez. Que solo me lleve a clase. Por favor», rogaba en silencio, mordiéndose el labio con fuerza.
Caminaba por los corredores ya medio vacíos, los estudiantes apresurándose hacia sus aulas. De pronto, se topó de frente con Mateo, un chico que conocía de algunos cursos compartidos. Alto, de cabello castaño corto y sonrisa fácil, Mateo siempre había sido amable con ella.
—Ana, ¿todo bien? Te ves… —empezó a decir él, notando su expresión angustiada.
Ella intentó hablar, pero solo balbuceó:
—Mateo… yo… no sé qué me pasa… mi cuerpo… no me obedece… por favor…
Mateo frunció el ceño, confundido, acercándose un paso.
—¿Qué? Tranquila, respira. ¿Qué te ocurre? ¿Estás mal? ¿Quieres que te acompañe a la enfermería o…?
No pudo terminar. La mano derecha de Ana se movió con rapidez y decisión, plantándose directamente sobre el bulto entre las piernas de Mateo. Sus dedos se cerraron alrededor del miembro por encima del pantalón, apretando con firmeza.
Mateo dio un respingo, los ojos muy abiertos.
—Ana… ¿qué haces? —preguntó, la voz entrecortada por la sorpresa.
Ella intentó retirar la mano con todas sus fuerzas, el rostro ardiendo de vergüenza. Sus músculos se tensaron en una lucha interna, pero la mano no cedía. En cambio, comenzó a moverla arriba y abajo, masturbándolo con movimientos expertos y rítmicos a través de la tela. Podía sentir cómo el miembro de Mateo crecía y endurecía bajo su palma, engrosándose con cada caricia.
—Para… por favor, para… —suplicó Ana en voz baja, casi sollozando, mientras su mano seguía trabajando sin piedad, apretando y deslizándose con precisión.
Mateo miró a ambos lados del pasillo, nervioso. Aún quedaban algunos estudiantes rezagados, pero nadie parecía haber notado aún la escena.
—Ana… ¿qué carajo…? —jadeó él, la voz ronca. Su cuerpo reaccionaba a pesar de la confusión; su erección era ahora evidente y palpitante bajo los dedos de ella.
Entonces, la otra mano de Ana subió hasta el borde de su propia blusa. La levantó con rapidez, exponiendo sus pechos desnudos al aire del pasillo. Sus pezones ya estaban duros, rosados y sensibles. Mientras su mano derecha continuaba masturbando a Mateo con movimientos cada vez más rápidos y firmes —apretando la cabeza, deslizándose por toda la longitud—, la izquierda se cerró sobre uno de sus propios pechos, masajeándolo con avidez. Pellizcaba el pezón, lo retorcía suavemente y luego lo soltaba, repitiendo la acción en el otro pecho. Sus senos se movían con cada movimiento, expuestos y ofrecidos en medio del corredor.
Mateo gemía bajo, incapaz de apartarse, el placer superando momentáneamente a la incredulidad.
—Ana… joder… —murmuró, respirando con dificultad.
La mano de Ana aceleró el ritmo, apretando con más fuerza, frotando la palma contra la erección completa. Sus propios pechos seguían siendo manoseados con intensidad, enviando oleadas de placer traicionero a través de su cuerpo. El pasillo parecía haberse detenido en el tiempo para ella.
Finalmente, Mateo se tensó por completo. Con un gruñido ahogado, eyaculó dentro de sus pantalones. Ana sintió los pulsos calientes a través de la tela mientras su mano seguía ordeñándolo, extrayendo hasta la última gota. Una mancha húmeda y oscura se extendió visiblemente en la tela de él.
En ese preciso instante, el control regresó. Ana soltó a Mateo de golpe, bajando su blusa con manos temblorosas para cubrirse. Retrocedió varios pasos, horrorizada, con lágrimas corriendo libremente por sus mejillas.
Mateo se quedó allí, respirando agitado, mirando la mancha en su pantalón y luego a ella. Su expresión era una mezcla de profunda confusión, shock… y un rastro innegable de excitación residual.
—Ana… ¿qué mierda fue eso? —preguntó con voz entrecortada, sin saber si acercarse o alejarse.
Ella no tenía respuestas. Solo pudo negar con la cabeza, sollozando en silencio, mientras el cosquilleo en su nuca latía con fuerza, satisfecho.
Ana dio un paso tambaleante hacia atrás, con el rostro bañado en lágrimas. Sus manos, una vez más rebeldes, se movieron con lentitud deliberada hacia los costados de su falda —la blusa aún ligeramente desacomodada— y la levantaron por ambos lados, exponiendo completamente su entrepierna desnuda. El aire fresco del pasillo rozó su sexo, ya húmedo por la excitación traicionera que su cuerpo experimentaba. Sus labios íntimos, suaves y sonrojados, quedaron a la vista de Mateo durante unos segundos eternos.
De su boca solo salió un susurro ronco, cargado de una sensualidad que no le pertenecía:
—Cógeme…
Mateo parpadeó, completamente desconcertado, con la mancha aún visible en sus pantalones y el corazón latiéndole con fuerza.
—Ana… ¿qué dices? Esto no tiene sentido. ¿Estás drogada? ¿Qué te está pasando? —preguntó, la voz temblorosa entre la confusión y el deseo residual.
Ella intentó gritar, explicarle, suplicarle que huyera. Pero su garganta no respondía. En cambio, su mano se extendió, tomó la de Mateo con firmeza y tiró de él por el pasillo. Caminaron en silencio —o mejor dicho, su cuerpo caminó— hasta la enfermería del campus, una sala pequeña y poco usada al final del corredor. La puerta se cerró tras ellos con un clic suave.
Dentro, la luz era más tenue. Mateo la miró preocupado, aún sosteniendo su mano.
—Ana, en serio… ¿estás bien? Háblame. Si necesitas ayuda, yo…
El cuerpo de Ana no le permitió pronunciar ni una sola palabra coherente. En su interior, gritaba. «¡No! ¡Por favor, detente! ¡No me obligues a esto! ¡Mateo, vete!». Las lágrimas rodaban silenciosas por sus mejillas mientras su cuerpo actuaba con una gracia seductora que la horrorizaba.
Se arrodilló lentamente frente a él. Sus manos temblorosas —temblorosas para ella, pero seguras en sus movimientos— bajaron la cremallera de Mateo y liberaron su miembro, aún semierecto y húmedo por la eyaculación anterior. Ana sintió una oleada de vergüenza tan profunda que casi la ahogaba. «Esto no soy yo… no quiero… por favor, que alguien entre y detenga esto…».
Sus labios se abrieron y envolvieron la punta con calidez. Comenzó a chuparla con lentitud, la lengua deslizándose en círculos suaves alrededor del glande sensible, saboreando la mezcla salada de su excitación previa. Poco a poco, lo tomó más profundo, los labios deslizándose por la longitud creciente mientras su boca creaba una succión húmeda y perfecta. Su cabeza se movía adelante y atrás con un ritmo constante, adorando cada centímetro con dedicación experta: lamidas largas desde la base hasta la punta, succiones firmes que lo hacían endurecerse completamente en su boca, y pequeños gemidos vibrantes que resonaban alrededor de él.
Mientras tanto, las lágrimas seguían cayendo. Ana lloraba en silencio, el pecho apretado por la humillación. Cada movimiento de su lengua, cada vez que lo tragaba hasta el fondo de su garganta, sentía que perdía un pedazo más de sí misma. «¿Por qué mi cuerpo me hace esto? ¿Por qué se siente… bien para él, pero yo solo quiero desaparecer?». La vergüenza la quemaba por dentro, pero su cuerpo continuaba, implacable: una mano sujetaba la base del miembro, masturbándolo al ritmo de sus labios, mientras la otra acariciaba sus propios pechos expuestos por debajo de la blusa levantada, pellizcando los pezones erectos.
Mateo gemía bajo, una mano apoyada en la pared y la otra posándose con suavidad en el cabello de Ana, sin entender nada pero incapaz de resistirse al placer intenso.
—Dios, Ana… esto es… —murmuraba, la voz entrecortada.
Ella lo sentía palpitar en su boca, cada vez más duro, más caliente. Su lengua presionaba contra la parte inferior, estimulando la vena hinchada mientras lo succionaba con mayor intensidad. Lágrimas calientes caían sobre sus muslos desnudos. El contraste entre el placer físico que su cuerpo imponía y el terror absoluto de su mente la estaba destrozando.
Finalmente, Mateo se tensó con un gruñido ahogado. Su miembro pulsó fuertemente dentro de la boca de Ana mientras eyaculaba en chorros calientes y abundantes. Ella tragó de forma instintiva, sin poder evitarlo, sintiendo cada pulsación contra su lengua. Solo cuando la última gota fue extraída, su cuerpo se detuvo.
Ana se apartó lentamente, respirando agitada, con los labios hinchados y brillantes. Se limpió la boca con el dorso de la mano de forma automática, pero las lágrimas seguían cayendo. El control regresó a sus extremidades, pero el daño emocional ya estaba hecho.
Mateo se quedó apoyado contra la pared, jadeando, con una expresión de total desconcierto y una excitación que aún no terminaba de disiparse.
—Ana… ¿qué demonios acaba de pasar? —preguntó en voz baja, sin saber si acercarse o darle espacio.
Ella solo pudo bajar la cabeza, sollozando en silencio, incapaz de articular una explicación que tuviera sentido.
Ana apenas tuvo tiempo de procesar lo ocurrido cuando el cosquilleo en su nuca se intensificó. Su cuerpo se incorporó con gracia fluida. Las manos subieron hasta el borde de su blusa y, con un movimiento lento y sensual, se la quitaron por completo, dejándola desnuda de cintura para arriba. Sus pechos firmes y redondos quedaron expuestos al aire tibio de la enfermería, los pezones todavía endurecidos y sensibles. La falda permanecía en su lugar, arrugada alrededor de sus caderas.
Mateo tragó saliva con dificultad, los ojos fijos en ella.
—Ana… espera… esto está yendo demasiado lejos. ¿Estás segura de lo que haces? —preguntó con voz ronca, claramente excitado pero desconcertado.
Ella no respondió. No podía. En su interior gritaba con todas sus fuerzas: «¡No! ¡Por favor, no! ¡Detente! ¡Soy virgen… no quiero esto!». Las lágrimas seguían corriendo por sus mejillas mientras su cuerpo se acercaba a Mateo, que seguía apoyado contra la pared. Se sentó a horcajadas sobre su regazo, sintiendo el calor de sus muslos contra los de él.
Con una mano temblorosa para su mente pero firme en la ejecución, sujetó el miembro de Mateo, aún duro y húmedo por lo anterior. Lo acarició lentamente, alineándolo con su entrada. Ana hizo el mayor esfuerzo de su vida: tensó cada músculo de su cuerpo, luchando con desesperación por detener el movimiento descendente de sus caderas. Por un brevísimo segundo, logró resistir. Su cuerpo se congeló, la punta del pene presionando apenas contra sus labios íntimos, rozando su clítoris hinchado.
«¡Sí! ¡Puedo controlarlo! ¡Por favor, que se detenga!», pensó con una chispa de esperanza.
Pero su cuerpo era más fuerte. Con un movimiento decidido y fluido, sus caderas descendieron, introduciendo el miembro de Mateo en su interior virgen. Un dolor agudo y breve la atravesó cuando su himen se rompió, pero fue rápidamente reemplazado por una sensación de plenitud intensa. Ana soltó un gemido involuntario, mezcla de dolor y placer forzado.
Mateo jadeó, sujetándola por las caderas de forma instintiva.
—Joder, Ana… estás tan apretada… ¿esto es real? —murmuró contra su cuello, la voz entrecortada por el placer.
Dentro de Ana, la horrorizaba cada segundo. «No… no… me está quitando esto también. No quería que fuera así… no con él… no así». Las lágrimas caían sobre el pecho de Mateo mientras su cuerpo comenzaba a moverse por cuenta propia. Sus caderas se balanceaban con un ritmo lento y profundo al principio, subiendo y bajando, permitiendo que el miembro entrara y saliera casi por completo antes de volver a hundirse hasta el fondo. Cada movimiento enviaba ondas de placer involuntario a través de su vientre, haciendo que sus paredes internas se contrajeran alrededor de él con avidez.
Pronto el ritmo se volvió más intenso. Sus caderas giraban y chocaban contra las de Mateo con pasión creciente, los pechos rebotando suavemente con cada embestida. Su cuerpo disfrutaba plenamente: la humedad aumentaba, facilitando el deslizamiento, y pequeños gemidos de placer escapaban de su garganta sin que ella pudiera silenciarlos.
—Dios… Ana, te sientes increíble —gruñó Mateo, apretando sus caderas con más fuerza, acompañando ligeramente sus movimientos—. ¿Qué te ha pasado hoy? No entiendo nada… pero no puedo parar…
Ana lloraba en silencio, el rostro enterrado en el cuello de él. La humillación era absoluta. Su mente se rebelaba con cada oleada de placer que su cuerpo traicionero experimentaba. «Esto no es mío… este placer no es mío…». Sin embargo, sus caderas seguían moviéndose solas, cada vez más rápidas, más profundas, cabalgándolo con una destreza y un hambre que no le pertenecían. El sonido húmedo de sus cuerpos uniéndose llenaba la pequeña habitación.
Mateo respiraba con dificultad, besando torpemente su hombro.
—Ana… voy a… si sigues así… —advirtió, tensándose debajo de ella.
Él jadeaba debajo de ella, sus manos apretando con fuerza las caderas de Ana mientras ella seguía cabalgándolo con movimientos cada vez más intensos y profundos.
—Ana… ¿puedo… dentro? —preguntó con voz entrecortada, al borde del clímax—. Dime… por favor…
Ella no podía responder. En su interior gritaba «¡No! ¡No lo hagas! ¡Sácame de aquí!», pero su cuerpo respondió por ella. Sus caderas aceleraron el ritmo de forma salvaje, bajando con más fuerza, girando en círculos apretados que lo envolvían por completo. Sus paredes internas se contrajeron alrededor del miembro de Mateo con avidez, ordeñándolo.
Mateo soltó un gemido ronco y se derramó dentro de ella. Ana sintió los chorros calientes y abundantes inundando su interior, llenándola por completo. El placer traicionero de su cuerpo alcanzó un pico intenso, provocándole un orgasmo involuntario que la hizo temblar y contraerse alrededor de él.
En cuanto Mateo terminó, el cuerpo de Ana se levantó con lentitud. El semen comenzó a deslizarse por el interior de sus muslos. Se acercó a la camilla de la enfermería, se inclinó sobre el borde y apoyó el torso sobre la superficie. Levantó la falda hasta la cintura y, con ambas manos, separó sus nalgas, exponiendo completamente su ano virgen y su sexo aún goteante. La postura era explícita, ofrecida, invitante.
Mateo se quedó mirándola, respirando con dificultad, aún recuperándose.
—¿En serio, Ana? ¿Estás… segura? —preguntó, la voz llena de incredulidad y deseo.
Ana giró la cabeza hacia un lado, intentando negarse con todas sus fuerzas. Quería gritar, llorar, suplicarle que se detuviera. «¡No! ¡Por favor, no! ¡Eso no! ¡Me duele solo de pensarlo! ¡Ayuda!». Las lágrimas corrían por su rostro, pero su boca, con una sonrisa maliciosa y una voz ronca cargada de perversión, solo pronunció:
—Dame duro…
Mateo dudó solo un segundo más antes de posicionarse detrás de ella. Presionó la punta de su miembro, aún lubricado por la mezcla de fluidos, contra su ano apretado. Empujó lentamente. Ana sintió una presión intensa y ardiente cuando su cuerpo cedió poco a poco, permitiendo la penetración. El dolor inicial fue agudo, una quemazón profunda que la atravesó mientras él entraba centímetro a centímetro en su ano virgen.
«Duele… duele mucho… por favor, que pare…», pensaba, mortificada. La humillación era devastadora: expuesta de esa forma, ofreciéndose para algo que nunca había imaginado, y sin poder expresar su rechazo.
Sin embargo, su cuerpo respondía con placer. Una vez que Mateo estuvo completamente dentro, sus caderas comenzaron a empujar hacia atrás, facilitando el movimiento. El dolor inicial se fue transformando en una sensación extraña y abrumadora de plenitud, acompañada de un placer prohibido y profundo que su cuerpo amplificaba sin piedad. Mateo empezó a embestir con más fuerza, sujetándola por las caderas. Cada embestida hacía que sus pechos se presionaran contra la camilla y que su cuerpo se sacudiera.
Ana quería gritar, sollozar, pero su garganta solo dejaba escapar gemidos de placer sensual y entrecortados. Lágrimas silenciosas caían sobre la superficie de la camilla mientras su ano se contraía alrededor del miembro invasor, intensificando las sensaciones para ambos. Su cuerpo disfrutaba plenamente: cada vez que Mateo entraba hasta el fondo, una ola de placer oscuro y caliente recorría su columna vertebral.
—Joder, Ana… estás tan apretada… —gruñó Mateo, acelerando el ritmo, golpeando contra sus nalgas con fuerza.
Las embestidas se volvieron más rápidas y profundas. El cuerpo de Ana respondía moviéndose al compás, empujando hacia atrás para recibirlo todo. La humillación la consumía por dentro, pero el placer físico era innegable y abrumador. Finalmente, Mateo se hundió una última vez con un gemido gutural y se corrió dentro de su ano, llenándola con pulsaciones calientes y abundantes.
El cuerpo de Ana tembló con un segundo orgasmo involuntario, sus músculos internos apretando alrededor de él mientras recibía todo.
Mateo se quedó unos segundos más dentro de ella, recuperando el aliento, antes de salir lentamente. Ana sintió el vacío repentino y el semen caliente comenzando a escurrirse por su ano y sus muslos. En ese preciso instante, el control regresó a su cuerpo como una liberación brutal.
Sus piernas flaquearon. Se dejó caer de rodillas junto a la camilla, cubriéndose los pechos con un brazo mientras las lágrimas que había estado conteniendo durante todo el tiempo brotaron con fuerza. Sollozos profundos y desgarradores sacudieron su cuerpo. Se sentía rota, sucia, humillada hasta lo más profundo de su ser.
Mateo se subió los pantalones con rapidez, todavía aturdido.
—Ana… ¿qué te pasó? Hace un momento estabas… y ahora… ¿estás bien? ¿Hice algo mal? Háblame, por favor.
Ana levantó la mirada, los ojos enrojecidos y llenos de furia y dolor. Su voz salió quebrada pero cargada de rabia:
—Vete a la mierda, Mateo… ¡Vete a la mierda! —gritó entre sollozos—. ¡No te acerques a mí nunca más!
Mateo retrocedió, visiblemente confundido y herido. Abrió la boca para decir algo, pero solo negó con la cabeza y salió de la enfermería, cerrando la puerta tras de sí. No entendía nada: cómo habían pasado de una conversación normal a… eso, y luego a este rechazo devastador.
Ana se quedó sola varios minutos, llorando desconsoladamente. Con manos temblorosas se limpió lo mejor que pudo usando toallas de papel que encontró en un armario. Se puso la blusa, se bajó la falda y se ajustó la ropa. Sentía dolor en zonas que nunca había imaginado, humedad incómoda entre sus piernas y un vacío emocional que la aplastaba.
«Solo quiero ir a casa… por favor, que esto termine. Quiero encerrarme en mi habitación y no salir nunca», pensó mientras se dirigía hacia la puerta, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.
Salió al pasillo. Ya había pasado un tiempo considerable y varios alumnos caminaban por los corredores, cambiando de aula o dirigiéndose a sus siguientes actividades. Ana avanzaba con la cabeza baja, abrazándose a sí misma, cuando de repente su cuerpo se detuvo en seco en medio del pasillo principal.
«No… otra vez no… por favor…», suplicó internamente.
Sus manos subieron lentamente hasta el borde de la blusa. Con un movimiento deliberado, la levantó hasta por encima de sus pechos, exponiéndolos completamente a la vista de todos. El aire frío del pasillo rozó sus pezones, que se endurecieron de inmediato. Sus dedos comenzaron a pellizcarlos con fuerza: los retorcían, los estiraban y los masajeaban de forma visible y descarada, haciendo que sus senos se movieran y se deformaran bajo su propio tacto.
Alrededor de ella, el pasillo pareció congelarse. Media docena de estudiantes se detuvieron. Algunos sacaron sus teléfonos casi por instinto. Murmullos comenzaron a extenderse.
—¿Qué hace esa chica?
—Mira… se está tocando en público…
—Es Ana, ¿no? La de literatura…
Ana sentía que el mundo se derrumbaba. Quería gritar, cubrirse, correr. «¡Por favor, que alguien me ayude! ¡No miren! ¡Esto no soy yo!». Las lágrimas volvían a llenar sus ojos, pero su boca permanecía en una expresión entre placentera y provocativa. No podía emitir ningún sonido de auxilio. Solo pequeños gemidos suaves escapaban de sus labios mientras sus dedos seguían trabajando en sus pezones: pellizcando con más intensidad, tirando de ellos hacia afuera y soltándolos para ver cómo sus pechos rebotaban ligeramente.
Un grupo de chicos se detuvo a unos metros, mirándola fijamente. Dos chicas susurraban entre sí, una de ellas con el teléfono en alto grabando. Más estudiantes se unían al corrillo. El pasillo se estaba llenando de miradas: sorpresa, morbo, confusión, risas nerviosas.
Ana sentía cada mirada como una quemadura en su piel desnuda. Sus pezones ardían por la manipulación constante, enviando descargas traicioneras de placer a través de su cuerpo, lo que solo aumentaba su humillación. «Todos me están viendo… desnuda… tocándome como una cualquiera… después de todo lo que ya me obligó a hacer hoy…». Quería desaparecer, desmayarse, cualquier cosa con tal de que terminara. Pero su cuerpo seguía allí, de pie en medio del pasillo, exhibiéndose sin pudor. Sus dedos no se detenían: alternaban entre pellizcos suaves y tirones más fuertes, haciendo que sus pechos se enrojecieran ligeramente por la estimulación.
Pasaron casi dos minutos eternos. El corrillo de curiosos crecía. Alguien soltó una risa. Otro murmuró algo sobre llamar a seguridad. Ana permanecía expuesta, las lágrimas rodando silenciosas por sus mejillas, el rostro ardiendo de vergüenza absoluta, mientras su cuerpo continuaba ofreciendo ese espectáculo humillante.
Más estudiantes se detenían, formando un semicírculo cada vez más amplio. Algunos grababan con sus teléfonos, otros comentaban en voz baja. Ana sentía cada mirada clavándose en sus pechos expuestos, en la forma en que sus dedos pellizcaban y retorcían sus pezones hinchados, haciendo que sus senos se movieran obscenamente. El rubor de vergüenza cubría todo su cuerpo. Lágrimas silenciosas caían por su rostro mientras el placer traicionero de su propia estimulación la hacía temblar ligeramente. «Todos me están viendo… como una puta en medio del pasillo… por favor, que la tierra me trague».
De pronto, entre la multitud apareció Carla, abriéndose paso con expresión de shock y preocupación.
—Ana… ¡Ana! —exclamó, tomando su brazo con fuerza y bajándole la blusa de un tirón—. ¿Qué demonios estás haciendo? ¡Vamos!
Carla la arrastró entre la gente, ignorando los murmullos y las miradas, y la llevó rápidamente hacia los vestidores femeninos del gimnasio cercano, un lugar más privado y vacío a esa hora. Cerró la puerta tras ellas con llave.
—Ana, ¿qué carajo te pasa hoy? —la confrontó Carla, todavía sosteniéndola del brazo—. Primero me besas como si quisieras comerme, luego te vi tocándote en clase, y ahora esto… ¿te estás exhibiendo en el pasillo? ¡Háblame!
Ana, con el control parcialmente recuperado por un instante, solo pudo llorar desconsoladamente. Se aferró a la camisa de su amiga.
—Carla… ayúdame… por favor… algo me está controlando… —suplicó con voz rota.
No pudo decir más. El cosquilleo regresó con fuerza. Su cuerpo se lanzó sobre Carla, empujándola contra las taquillas con un beso profundo y hambriento. Carla intentó apartarla, pero la fuerza era abrumadora.
—Ana… ¿qué…? ¿Qué está pasando? —preguntó Carla, jadeando entre beso y beso, confundida y alarmada.
El cuerpo de Ana, movido por una voluntad ajena, se volvió meticuloso y devorador. Comenzó por los pies de Carla: se arrodilló y besó cada dedo, lamiendo lentamente los empeines y los tobillos, subiendo con besos húmedos y caricias de lengua por sus pantorrillas. Sus manos subieron por los muslos, separando las piernas de su amiga mientras lamía y mordisqueaba la piel suave del interior, acercándose peligrosamente a su centro. Carla temblaba, sin entender nada.
—Ana… por favor… dime qué te ocurre… —suplicó Carla, la voz entrecortada.
Pero Ana no respondía. Su boca y manos recorrieron el vientre de Carla, besando y lamiendo cada centímetro, deteniéndose en el ombligo para explorarlo con la lengua. Subió hasta los pechos: les dedicó un tiempo interminable, chupando los pezones con hambre, masajeando las suaves curvas, apretándolos y lamiendo el valle entre ellos. Luego fueron las axilas: besos profundos y lamidas que hicieron a Carla estremecerse de placer incómodo. Los brazos fueron besados desde las muñecas hasta los hombros, cada dedo succionado con devoción. Finalmente, el rostro: besos en las mejillas, párpados, frente, orejas y cuello, mordisqueando y lamiendo con una lentitud extenuante.
Carla gemía, intentando resistirse al principio pero rindiéndose gradualmente al placer abrumador.
—Ana… esto no eres tú… ¿qué te está pasando? —preguntaba entre jadeos.
El cuerpo de Ana no se detenía. Con una determinación implacable y sensual, desnudó completamente a Carla, quitándole cada prenda con movimientos precisos y cargados de deseo. La recostó sobre uno de los bancos largos de los vestidores y se colocó sobre ella. Sus bocas se unieron en un beso profundo, húmedo y dominante, mientras sus manos exploraban cada curva. Carla gemía contra sus labios, entre confusa y excitada.
—Ana… por favor… dime qué está pasando… esto no eres tú… —suplicó Carla entre jadeos.
Pero el cuerpo de Ana no respondía con palabras. Bajó lentamente por el cuerpo de su amiga, besando y lamiendo cada centímetro. Tras dedicar minutos a sus pechos —chupando los pezones con fuerza, mordisqueándolos y masajeándolos hasta que Carla arqueaba la espalda—, descendió hasta su sexo. Separó sus muslos con firmeza y hundió la lengua entre sus pliegues húmedos. Lamió con lentitud experta, trazando círculos alrededor del clítoris, succionándolo suavemente y penetrándola con la lengua. Carla se retorció de placer. Ana introdujo dos dedos en su interior, curvándolos para alcanzar ese punto sensible mientras su lengua continuaba atacando el clítoris hinchado. Carla llegó al primer orgasmo con un grito ahogado, sus paredes contrayéndose alrededor de los dedos de Ana mientras su cuerpo se tensaba y temblaba violentamente, inundando la boca de su amiga con sus fluidos.
Sin darle tregua, el cuerpo de Ana se movió con fluidez. Se colocó en posición de tijeras, presionando su sexo caliente y empapado contra el de Carla. Comenzaron a frotarse con movimientos lentos pero firmes, clítoris contra clítoris, los labios íntimos deslizándose húmedamente. Ana aceleró el ritmo, sujetando una de las piernas de Carla para tener mejor ángulo. El roce constante y resbaladizo generó una fricción deliciosa. Carla llegó al segundo orgasmo gimiendo el nombre de Ana, su cuerpo convulsionando mientras apretaba los pechos de su amiga contra los suyos.
Ana no se detuvo. Se arrodilló entre las piernas de Carla y añadió un tercer dedo, penetrándola con más profundidad y velocidad mientras su pulgar estimulaba el clítoris hinchado. Su boca succionaba uno de los pezones de Carla al mismo tiempo. El placer fue abrumador. Carla alcanzó un tercer orgasmo más intenso, arqueando la espalda y gritando, sus jugos escurriéndose por la mano de Ana.
El cuerpo de Ana cambió de posición una vez más. Se sentó sobre el rostro de Carla, presionando su sexo contra la boca de su amiga mientras se inclinaba hacia adelante para devorar el de ella en un 69 apasionado. Su lengua y dedos trabajaban sin descanso en el clítoris y el interior de Carla, mientras sentía la lengua vacilante pero placentera de su amiga lamiéndola. Carla, abrumada por el placer, llegó al cuarto orgasmo temblando debajo de ella, lamiendo con más entusiasmo a pesar de su confusión. Ana, controlada por la entidad, sintió su propio orgasmo llegar poco después: un clímax poderoso que la hizo apretar los muslos alrededor de la cabeza de Carla, derramándose sobre su boca.
Aún no satisfecha, Ana giró a Carla y la puso a cuatro patas sobre el banco. Se colocó detrás y frotó su sexo contra el de su amiga desde atrás, agarrando sus caderas y moviéndose con embestidas rítmicas y profundas. Sus manos subían para pellizcar los pezones de Carla mientras sus cuerpos chocaban húmedamente. Este nuevo ángulo provocó un quinto orgasmo en Carla, más prolongado y exhausto, con gemidos roncos y lágrimas de placer en sus ojos.
—Ana… ¿qué… qué eres…? —logró preguntar Carla entre sollozos de placer, casi sin fuerzas.
Ana la giró de nuevo, tumbándola de espaldas, y se colocó encima en tijeras una vez más, pero esta vez con movimientos más lentos y profundos, presionando con fuerza para maximizar el contacto. Sus fluidos mezclados facilitaban un deslizamiento perfecto. Carla alcanzó un sexto orgasmo, más débil pero largo, mientras Ana llegaba al suyo propio casi al mismo tiempo, sus cuerpos temblando juntas en una sinfonía de placer.
Finalmente, después de una última sesión intensa donde los dedos de Ana penetraban a Carla mientras su boca succionaba su clítoris sin piedad, ambas llegaron a un último clímax simultáneo. Carla gritó, convulsionando con fuerza. El cuerpo de Ana, exhausto por la maratón de placer impuesto, se desplomó sobre el banco. Todo se volvió negro. Se desmayó.
Unos minutos después, Ana abrió los ojos lentamente. Su cuerpo se sentía débil, agotado y dolorido después de todo lo que había ocurrido ese día infernal. Cada músculo protestaba, y entre sus piernas persistía una sensibilidad húmeda y pegajosa. Se incorporó con esfuerzo sobre el banco de los vestidores, respirando con dificultad.
A unos metros, Carla estaba de espaldas, vistiéndose con movimientos calmados y elegantes. Ana observó cómo su amiga se colocaba el sostén: sus brazos se deslizaron con gracia por las tiras, ajustando las copas sobre sus pechos aún enrojecidos por la pasión reciente. Luego tomó la blusa, deslizándola por sus hombros y abrochándola con lentitud, la tela suave cayendo sobre su figura esbelta. Finalmente, Carla pasó las manos por su cabello rubio, acomodando los mechones con un gesto natural que hizo que las ondas cayeran elegantemente sobre su espalda. Su postura era erguida, casi serena, como si nada hubiera pasado.
Ana tragó saliva, la voz ronca y temblorosa.
—Carla… ¿estás bien? —preguntó en un susurro—. Por favor, dime que no me odias por todo lo que te hice… No era yo… yo no quería…
Carla terminó de ajustarse la blusa y giró lentamente la cabeza hacia ella. Su expresión inicial era estoica, casi inexpresiva, con una mirada fría y calculadora que contrastaba con la calidez habitual de sus ojos verdes. Luego, una sonrisa se dibujó en sus labios. No era la sonrisa amable y juguetona que Ana conocía. Era sutilmente maliciosa: las comisuras se elevaron con lentitud, revelando un toque de perversión y diversión oscura. Sus ojos brillaron con un destello de inteligencia ajena, y la curva de sus labios se volvió ligeramente torcida, como si estuviera saboreando un secreto delicioso y prohibido.
—¿Te divertiste? —preguntó Carla con voz suave y ronca—. Yo sí. Ahora, sacaré a pasear a este bombón un rato. Después podremos divertirnos más si quieres.
Se acercó con pasos seguros, tomó el rostro de Ana entre sus manos y le dio un beso apasionado y profundo. Sus labios se movieron con maestría, la lengua deslizándose con posesión y ternura fingida, saboreándola durante varios segundos intensos antes de apartarse.
Ana se quedó helada, mirando a su amiga con horror creciente. Lo sabía. Lo sentía en la forma en que la besó, en esa sonrisa, en esa mirada. La entidad que la había poseído ahora estaba dentro de Carla.
—Carla… no… —susurró Ana con voz quebrada, las lágrimas regresando a sus ojos—. Por favor… no le hagas a otros lo que me hiciste a mí… Devuélvemela…
Carla solo le guiñó un ojo con esa misma sonrisa maliciosa, dio media vuelta y salió de los vestidores con paso ligero y confiado, dejando a Ana sola, exhausta y aterrorizada.
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Koba al habla.
Espero les haya gustado este... ¿Experimento? Dónde, en lugar de enfocarme en la persona que poseé y tal, quise intentar que la víctima fuera el centro. En su reacción ante todo lo que le pasaba y tal. Por ende, quién la poseé no es tan importante para mí.
Además, como bien dice, es larga. Eso, porque quise ser bastante descriptivo en todo lo que ocurría para dar detalles y profundidad.
¡Espero les guste! Y discúlpenme nuevamente por no colocar imágenes de referencia
- Koba -
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