Tren del (Inter)cambio #2
El vagón se convirtió en un gallinero en menos de diez segundos.
Asher (en el cuerpo de Mirna) seguía con las manos tapándose la boca, como si al callarse pudiera negar lo que estaba pasando. Su voz —la voz autoritaria y madura de Mirna— salió temblorosa:
— Chicas… quiero decir… todos… ¿qué está pasando aquí?
Nadie respondió de inmediato. Solo se oían respiraciones agitadas y el traqueteo constante del tren.
Tristán (en el cuerpo de Maia) se levantó de golpe. O más bien, intentó levantarse. Sus piernas, ahora más cortas y con caderas pronunciadas, no respondieron como esperaba. Tropezó contra el asiento de adelante y se agarró el pecho sin querer. Sintió el peso suave y firme bajo sus manos.
— ¡¿Qué mierda es esto?! — gritó con la voz aguda y dulce de Maia. Se miró los brazos delgados, el cabello rubio platinado cayéndole sobre la cara, y luego bajó la vista hacia su nuevo escote—. ¡No, no, no! ¡Sacame de acá! ¡Esto no es mío!
Dio un paso y casi se cae de nuevo. El movimiento de sus caderas lo desequilibró. Tristán, el chad seguro de sí mismo, ahora parecía una adolescente nerviosa intentando caminar con tacones por primera vez.
A su lado, María (en el cuerpo de Román) se miraba las manos grandes y masculinas con una mezcla de furia y fascinación. Se pasó los dedos por la barba incipiente y soltó un gruñido ronco:
— ¡¿Quién carajo me puso en este cuerpo de mochilero desgarbado?! ¡Quiero mi cuerpo de vuelta, ya!
Se levantó con facilidad —demasiada facilidad— y miró hacia donde estaba su madre. Ver a Asher con su propio cuerpo de Mirna la dejó muda por un segundo.
— …¿Mamá?
Asher (en Mirna) notó la mirada y se cruzó de brazos instintivamente. El movimiento hizo que su generoso pecho se moviera bajo la blusa, algo que le provocó un escalofrío de incomodidad. Se cruzó de brazos de forma instintiva.
— No soy tu mamá… — murmuró, aunque la voz que salió fue exactamente la de Mirna—. Soy Asher. Esto es una locura.
María (en Román) parpadeó, procesando la información. Ver el cuerpo de su madre hablando con la personalidad de un joven tímido era desconcertante.
— Entonces… ¿mi mamá está en tu cuerpo?
Asher asintió con torpeza, todavía sin acostumbrarse a mover la cabeza con ese cabello largo y ondulado.
Cerca de ellos, Román (en el cuerpo de María) permanecía sentado, observando la escena con sorprendente calma. Se pasó una mano por el cabello rubio ceniza más largo y suspiró.
— Bueno… esto sí que no me lo esperaba para el viaje. Al menos el cuerpo es más liviano que el mío.
En el otro extremo, Taylor (en el cuerpo de Candy) daba saltitos en el pasillo, probando sus rodillas jóvenes.
— ¡Ja! ¡Miren esto! — exclamó con voz aguda y llena de energía. Dio un pequeño salto y aterrizó sin dolor—. ¡Mi espalda no duele! ¡Puedo moverme! ¡Soy jóven otra vez!
Candy (en el cuerpo de Taylor), en cambio, se había levantado con dificultad y se agarraba la zona lumbar con una mueca de dolor.
— ¡Viejo de mierda! ¿Cómo soportás este cuerpo? — se quejó con voz ronca y grave—. ¡Me duele todo! ¡Hasta respirar duele!
Intentó dar un paso rápido como estaba acostumbrada y terminó encorvada, soltando un gemido patético.
— ¡Devuélveme mi cuerpo, abuelo!
El vagón se convirtió rápidamente en un torbellino de voces: preguntas sin respuesta, maldiciones, respiraciones agitadas y el sonido constante del tren avanzando por las vías, completamente indiferente al caos que se había desatado dentro.
Maia (en el cuerpo de Tristán) se encontraba todavía sentada, rígida. Miraba sus manos grandes y masculinas, los brazos fuertes y la camisa ajustada que marcaba músculos que nunca había tenido. Se tocó la cara, sintiendo la mandíbula más ancha y el rostro sin suavidad. Su corazón latía con fuerza.
— Esto… esto no puede estar pasando — murmuró con la voz grave y segura de Tristán. El contraste entre su tono tímido habitual y esa voz profunda la hizo estremecer—. Yo… yo solo quería volver a casa tranquila…
Intentó levantarse, pero el cuerpo respondía con una fuerza y estabilidad que no esperaba. Dio un paso y casi choca contra el asiento de enfrente por calcular mal su tamaño. Se sonrojó intensamente, aunque en ese rostro masculino apenas se notaba.
Por su parte, Mirna (en el cuerpo de Asher) se mantenía algo apartada, con la espalda encorvada y la mirada nerviosa. El cuerpo del joven era más delgado y menos imponente de lo que estaba acostumbrada. Se miró las manos sin anillos, las uñas cortas, y sintió una extraña ligereza en el pecho.
— Esto es una pesadilla — dijo con la voz de Asher, baja y algo insegura—. ¿Cómo… cómo se supone que voy a manejar esto?
Miró hacia donde estaban sus hijas y sintió una punzada de preocupación protectora, pero desde ese cuerpo ajeno todo se sentía fuera de lugar.
Asher (en el cuerpo de Mirna) notó la mirada de Mirna y ambos se observaron un momento, como reconociéndose en espejos distorsionados.
Después de unos minutos de exclamaciones y movimientos torpes, María (en el cuerpo de Román) tomó la iniciativa. Su nueva voz grave sonó más autoritaria de lo que pretendía:
— ¡Ya basta! Esto no se va a arreglar gritando. Ustedes tres… —señaló a su madre (en Asher), a su hermana (en Tristán) y a sí misma— vamos a juntarnos un momento. Necesitamos hablar.
Mirna (en Asher) asintió rápidamente y se acercó con pasos inseguros. Maia (en Tristán) dudó, pero terminó uniéndose al grupo, caminando con torpeza en su nuevo cuerpo más grande.
Las tres se reunieron en un grupo de asientos un poco apartado, creando un círculo improvisado. Era una escena extraña: un joven mochilero (María), un chico desgarbado de veintidós años (Mirna) y un joven musculoso y confiado (Maia).
María (en Román) fue la primera en hablar, cruzando sus brazos masculinos:
— Bien… soy María. Estoy en el cuerpo de ese vagabundo… Mamá, ¿eres tú la que está ahí?
Mirna (en Asher) asintió, todavía incómoda con su postura encorvada.
— Sí, soy yo. Esto es… humillante. Siento que este cuerpo no me responde como debería. Es demasiado… ligero. Y frágil.
Miró de reojo a su hija menor.
Maia (en Tristán) se removió en su asiento, claramente avergonzada. Su nueva voz grave contrastaba fuertemente con su personalidad:
— Yo… soy Maia. Estoy en el cuerpo de ese chico que nos habló antes… Es muy extraño. Todo es más grande. Y… fuerte. No sé cómo moverme sin golpear algo.
Se miró las manos grandes y luego las cerró en puños, como probando la fuerza.
Mirna (en Asher) suspiró profundamente y, por instinto maternal, intentó poner orden:
— Tenemos que mantener la calma. Nadie toca nada que no le corresponda. Nada de… exploraciones raras. Y sobre todo, nada de acercarse a extraños hasta que entendamos qué pasó.
María (en Román) soltó una risa seca.
— Mamá, estás en el cuerpo de un chico de veintidós. Creo que “mantener la calma” va a ser más difícil de lo que crees. Además, mira a Maia… o mejor dicho, mira quién está usando su cuerpo ahora.
Las tres dirigieron la mirada hacia donde Tristán (en el cuerpo de Maia) seguía tocándose discretamente los brazos y el cabello, todavía en shock.
El ambiente entre las tres era una mezcla de tensión, confusión y los primeros intentos de adaptarse a sus nuevas realidades.
Mientras las tres hablaban en voz baja, intentando procesar la situación, Tristán (en el cuerpo de Maia) no podía quedarse quieto. Seguía de pie a unos metros, apartado del grupo, pero su atención volvía una y otra vez hacia su propio reflejo en la ventana del tren.
Se pasó las manos por la cintura, bajando lentamente hasta sentir las curvas pronunciadas de las caderas. El roce de la tela holgada contra su piel suave le provocó un escalofrío inesperado. Tragó saliva.
— Maldición… — murmuró con esa voz aguda y dulce que aún le resultaba ajena.
Bajó la mirada discretamente hacia su pecho. Los senos firmes de Maia se marcaban suavemente bajo la prenda. Sin pensarlo demasiado, se llevó una mano y los apretó con cuidado, como probando su peso real. Un jadeo pequeño e involuntario escapó de sus labios. La sensación fue extraña: una mezcla de placer y vergüenza que le calentó las mejillas.
— Son… más sensibles de lo que imaginaba — pensó, mordiéndose el labio inferior.
En ese momento, Asher (en el cuerpo de Mirna) levantó la vista desde el grupo y lo vio. El cuerpo maduro y generoso que ahora habitaba reaccionó antes de que su mente pudiera controlarlo: sintió un calor repentino en el vientre y cómo sus pezones se endurecían ligeramente bajo la blusa.
Asher se removió incómodo en el asiento, cruzando las piernas. El movimiento hizo que sus muslos gruesos se rozaran, enviando otra oleada de sensaciones desconocidas.
— ¿Qué estás haciendo? — le espetó a Asher, con la voz autoritaria de Mirna, pero teñida de un tono más ronco de lo normal.
Tristán giró la cabeza y sus miradas se cruzaron. Por un segundo, el joven chad que siempre había sido se sintió expuesto y vulnerable en ese cuerpo delicado. Sin embargo, una sonrisa torcida apareció en los labios de Maia.
— ¿Celoso, Asher? — respondió con voz suave, casi juguetona—. Vení… acercate un segundo. Tenés que sentir esto.
Asher dudó. Su nuevo cuerpo parecía traicionarlo: el corazón le latía más rápido y era consciente del peso de sus propios senos, del roce de la ropa interior contra su piel madura. Se levantó lentamente y se acercó, intentando mantener la compostura.
Cuando llegó junto a Tristán, este tomó su mano (la mano suave y cuidada de Mirna) y la guió con lentitud hasta su propia cintura.
— Tocá — susurró Tristán—. Es… raro. Suave. Caliente. No pensé que se sentiría así desde adentro.
Asher tragó saliva. Sus dedos rozaron la cadera de Maia, sintiendo la firmeza juvenil y el calor de la piel a través de la ropa. El contraste entre su propio cuerpo maduro y voluptuoso y el de la joven de 18 años generó una tensión extraña y cargada en el aire.
— Esto está mal… — murmuró Asher, pero no apartó la mano de inmediato. Su voz de Mirna sonaba más grave, casi susurrante—. No deberíamos…
Tristán (en Maia) se acercó un poco más. Sus pechos casi rozaron el brazo de Asher. La cercanía hizo que ambos sintieran un pulso acelerado y un calor que ninguno de los dos esperaba.
María (en el cuerpo de Román) notó rápidamente lo que estaba pasando a pocos metros. Frunció el ceño y se levantó con decisión, seguida de cerca por Mirna (en el cuerpo de Asher).
— ¡Ey! — exclamó María con su nueva voz grave—. ¿Qué creen que están haciendo?
Se acercaron al lugar donde Tristán (en Maia) y Asher (en Mirna) estaban. Román (en el cuerpo de María), que había permanecido sentado cerca de ellos desde el principio, observaba la escena con una media sonrisa divertida.
Tristán, lejos de avergonzarse, giró lentamente sobre sí mismo, dejando que el cabello rubio platinado se moviera con gracia. Luego miró a las “tres mujeres” que ahora se acercaban y sonrió con picardía usando los labios suaves de Maia.
— Tranquilas, señoritas… o bueno, lo que sean ahora — dijo con esa voz aguda y melodiosa, pero con el tono burlón que siempre había tenido—. Solo estoy… conociendo el equipo. ¿No tienen curiosidad ustedes?
Se llevó las manos a las caderas y las deslizó lentamente hacia abajo, exagerando el movimiento de su trasero firme.
Asher (en Mirna) se cruzó de brazos sobre su generoso pecho, visiblemente incómodo y sonrojado.
— ¡Deja de hacer eso de una vez! — protestó, con la voz madura de Mirna teñida de vergüenza.
Mirna (en Asher) intervino, intentando sonar autoritaria aunque su nueva voz saliera más joven:
— Por favor, esto no es un juego. Compórtate.
María (en Román) se cruzó de brazos, imitando inconscientemente una postura masculina.
— Tiene razón. Si vas a usar el cuerpo de mi hermana, al menos respétalo. No necesito ver cómo te manoseás enfrente de todos.
Tristán soltó una risa suave y se acercó un paso más al grupo, moviendo las caderas de forma exagerada y consciente.
— Ay, relájense. Es solo curiosidad. Además, ahora que estoy así… —miró de reojo a Román (en el cuerpo de María)— puedo entender por qué las chicas se quejan tanto de los sujetadores. Esto pesa.
Román (en el cuerpo de María), que había permanecido en silencio hasta entonces, soltó una carcajada.
— Tenés razón. Son incómodos. Pero al menos ahora sabés lo que se siente.
El comentario hizo que Maia (en Tristán), que estaba un poco más atrás, se sonrojara intensamente en su nuevo rostro masculino.
— Por favor… que alguien lo detenga — murmuró con voz grave y avergonzada.
Mirna (en Asher) suspiró y se pasó una mano por el cabello, todavía desorientada.
— Esto va a ser un desastre…
María (en Román) miró a todos y sacudió la cabeza.
— Bueno, escuchen. Estamos atrapados en este tren por varias horas más. Sugiero que nos calmemos, evitemos tocarnos de más y tratemos de no volvernos locos antes de llegar. ¿De acuerdo?
Tristán levantó las manos en señal de rendición, aunque su sonrisa traviesa no desapareció.
— Está bien, está bien… Me portaré bien. Por ahora.
De pronto, Tristán bajó la mirada hacia la entrepierna de María (en Román) y luego hacia la de Mirna (en Asher). Sus ojos se abrieron un poco más y soltó una carcajada ahogada.
— Aunque… parece que no soy el único que está “reaccionando” a la situación. ¿Ya sienten eso, chicos?
María (en Román) bajó la vista y se puso rígida. Mirna (en Asher) también miró hacia abajo, horrorizada. Ambos tenían una erección evidente bajo la ropa.
Román (en el cuerpo de María) simplemente suspiró, todavía calmado, y murmuró:
— Genial… justo lo que faltaba.
Asher (en Mirna), completamente rojo, se cubrió la cara con las manos.
El vagón quedó en silencio unos segundos, solo interrumpido por el traqueteo del tren y alguna risa nerviosa. Cada uno procesaba a su manera las nuevas sensaciones de sus cuerpos, las miradas extrañas y la extraña tensión que flotaba en el aire.
Nadie sabía cómo iba a terminar ese viaje… pero estaba claro que el “intercambio” apenas acababa de empezar.
Muy bueno, me encanto el blog, no lo conocía antes, me gustaría que continuaras y pudieras poner imágenes en los últimos caps
ResponderEliminarLo tendré en cuenta. Pero debo decir que buscar imágenes para cada cosa es bastante aburrido xc
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