La amiga estupenda 3

Las imágenes presentadas son meramente ilustrativas.

Lucas despertó en la cama matrimonial de Agnes, sintiendo el peso cálido y generoso de sus pechos subir y bajar con cada respiración. Ese cuerpo maduro era completamente distinto al de Abby: más suave, más pesado, con curvas pronunciadas y una sensibilidad que lo hacía vibrar de placer con solo rozarse. Se pasó las manos por los senos grandes, apretándolos con fuerza y pellizcando los pezones hasta endurecerlos. Un gemido ronco escapó de su garganta.

Sin levantarse, separó las piernas y deslizó una mano entre sus muslos. Ya estaba húmeda. Introdujo dos dedos con facilidad mientras el pulgar frotaba el clítoris hinchado. Se masturbó con lentitud al principio, disfrutando cada sensación, y luego aceleró hasta correrse con fuerza, mordiendo la almohada para ahogar los gemidos. No conforme, continuó: tres dedos, luego cuatro, follando su nuevo coño con intensidad hasta alcanzar un segundo orgasmo que la dejó temblando y empapada.


Esa mañana marcó el comienzo de una nueva rutina en la casa. Agnes (Lucas) bajó a la cocina vestida solo con una bata corta de seda que apenas cubría sus muslos gruesos y sin nada debajo. Preparó un desayuno abundante y nutritivo, algo que Agnes rara vez hacía con tanto esmero. Anthony fue el primero en aparecer, con ojeras y expresión tensa.

Buenos días, hijito —saludó Lucas con la voz cálida y madura de Agnes, acercándose para darle un beso en la mejilla. Sus pechos rozaron el brazo de él deliberadamente—. Te ves cansado. ¿Dormiste mal?

Abby bajó poco después, frotándose los ojos con confusión. No recordaba prácticamente nada de las últimas semanas; para ella era como si hubiera despertado de un largo sueño borroso.

Buenos días, mamá… me siento un poco rara Es como si hubiera perdido varios días —murmuró sentándose a la mesa.

No te preocupes, hija. El estrés del colegio a veces hace eso. Come tranquila, te va a ayudar —respondió Lucas con naturalidad, sirviéndole un plato mientras disfrutaba internamente del desconcierto de ambos.

A partir de ese día, Agnes se volvió más presente y autoritaria en la casa. Decidía los menús, elegía las películas para las noches en familia y caminaba por los pasillos con ropa cada vez más ligera y escotada. La “nueva Agnes” era cariñosa de forma exagerada: abrazos prolongados, roces “accidentales” y comentarios con doble sentido que ponían a Anthony al borde de un ataque de nervios.
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Los días siguientes, Lucas aprovechó al máximo su nueva posición. Una mañana fue al supermercado del barrio con un vestido veraniego ajustado que marcaba sus caderas anchas y un escote generoso, sin sostén. Mientras empujaba el carrito, disfrutaba de las miradas de los hombres. En la fila de la caja coqueteó abiertamente con el cajero joven, inclinándose hacia adelante para que sus pechos casi se escaparan del vestido.

Hace mucho calor hoy, ¿verdad? —dijo con una sonrisa pícara.

De regreso en casa, apenas cerró la puerta del garaje, subió el vestido y se masturbó contra el auto con urgencia. Dos dedos entraron y salieron con rapidez mientras gemía con la voz de Agnes, corriéndose con fuerza y dejando un pequeño charco en el piso.


Otro día decidió ir al gimnasio del barrio. Se puso leggins ajustados que se hundían entre sus nalgas grandes y un top deportivo que apenas contenía sus pechos. Corrió en la cinta disfrutando cómo todo rebotaba, atrayendo miradas discretas y no tan discretas. Después de entrenar, en los vestuarios femeninos, se duchó y se quedó más tiempo del necesario frente al espejo. Se abrió los labios vaginales, se penetró con tres dedos y se corrió observando cómo el cuerpo maduro temblaba de placer. Una mujer que entró en ese momento la miró sorprendida; Lucas solo sonrió con picardía y se cubrió lentamente.


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No se limitó a eso. Una tarde, Agnes/Lucas fue a una cafetería cercana a “tomar algo”. Se sentó en la terraza con una falda que subía fácilmente por sus muslos y cruzó las piernas de forma provocativa. Coqueteó con el mesero, dejando que su pie rozara “accidentalmente” la pierna del joven. Regresó a casa excitada y, apenas entró, se encerró en la habitación principal. Sacó el vibrador que había encontrado en el cajón de Agnes y se folló con él en varias posiciones: de rodillas sobre la cama, sentada en el borde de la silla del tocador y finalmente tumbada de espaldas con las piernas abiertas. Los orgasmos fueron intensos y ruidosos; tuvo que morder una almohada para no alertar a los chicos.


Otro día, Lucas llevó el cuerpo de Agnes a una peluquería. Mientras le lavaban el cabello, disfrutó de las manos de la estilista masajeando su cuero cabelludo y, sutilmente, rozó sus pechos contra el brazo de la joven. De vuelta en casa, se probó lencería vieja de Agnes: un body negro transparente. Se miró en el espejo grande del baño y se masturbó con dedicación, pellizcando sus pezones, frotando su clítoris y penetrándose con los dedos y el vibrador hasta correrse varias veces seguidas, dejando las sábanas empapadas.
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En casa, la rutina seguía su curso extraño. Abby continuaba sin recordar nada de lo ocurrido. Una tarde, Mónica pasó a visitarla. Estaban charlando en la habitación de Abby cuando Agnes/Lucas entró “casualmente” con jugos frescos. Se acercó demasiado a su hija, rozando su espalda y dejando la mano un segundo más de lo normal sobre su hombro.

Cuando Agnes/Lucas salió, Mónica suspiró.

Sabes… extrañé mucho a la Abby más coqueta de estas últimas semanas. Esa que me besaba de repente y me tocaba en el cine sin pedir permiso. Ahora estás más… normal. Me gustabas más atrevida.

Abby se sonrojó, confundida.

Yo… no recuerdo bien esos días. Siento que me perdí de algo importante.

Desde el pasillo, Lucas sonrió con cruel satisfacción.
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Anthony vivía en un estado constante de ansiedad. Varias noches entró al dormitorio principal para suplicar.

Lucas, por favor… sal del cuerpo de mi mamá. Esto ya fue demasiado. Te lo suplico. Estás destruyendo a mi familia.

Lucas respondía abriendo la bata de Agnes, mostrando sus pechos pesados y su coño depilado, masturbándose frente a él mientras gemía:

¿Por qué saldría? Este cuerpo es una maravilla. ¿No quieres tocar a tu mamá, Antón? Sé que alguna vez lo imaginaste…

Anthony huía temblando cada vez, asqueado y excitado a su pesar.
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Desesperado, un día Anthony salió a caminar solo y entró en una pequeña tienda de antigüedades y hierbas atendida por una mujer mayor, de unos 65 años, de mirada sabia y penetrante. Le contó una versión vaga: un “amigo” que podía controlar cuerpos ajenos y estaba destruyendo su familia.

La mujer lo escuchó atentamente y asintió con calma.

Comprendo más de lo que crees, muchacho. Hay cosas en este mundo que escapan a la razón. Si algún día necesitas ayuda de verdad, vuelve.

Le entregó una pequeña bolsita con hierbas secas. Anthony salió de allí con una mínima esperanza.
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Unos días más tarde, Anthony ya no aguantó más. Encontró a Abby sola en su habitación y cerró la puerta.

Abby, tengo que contarte algo muy grave. Lucas puede poseer cuerpos. Estuvo dentro de ti durante semanas y ahora está en mamá. Ha estado haciendo cosas horribles.

Abby lo miró al principio con confusión, pero luego su expresión cambió a una sonrisa traviesa.

¿De verdad crees que soy tan estúpida, hermanito?

Sus ojos brillaron de forma distinta. Lucas había saltado al cuerpo de Abby momentos antes.

Puedo pasar de una a otra cuando quiero ahora. Las dos son mías. Mamá y tu hermana… las controlo sin problema. Y tú vas a guardar silencio, o voy a hacer que se follen entre ellas mientras miras.

Anthony retrocedió horrorizado. Lucas, en el cuerpo de Abby, se acercó y le acarició la mejilla.

Esta familia ahora me pertenece, Antón. Y apenas estoy empezando a divertirme de verdad.


CONTINUARÁ 

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¡Muy buenas! ¡Aquí, soy Koba otra vez!
Cómo ven, decidí continuar está narrativa.
Cómo dije antes, quiero volver a la comunidad. Quiero volver a hacer cosas; escribir cosas.
Si, nadie ve ni lee estás historias ni este blog. Aun así, cuando alguien llegue a él, me gustaría escuchar su Feedback 👀

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