La amiga estupenda 2



Las imágenes presentadas son meramente ilustrativas.

Los días siguientes fueron una extraña mezcla de normalidad forzada y locura absoluta.

Lucas, aún dentro del cuerpo de Abby, se había instalado cómodamente en la vida de la familia. Caminaba por la casa con la misma ropa mínima que usaba su hermana en privado: camisetas holgadas que apenas le cubrían el culo, bragas visibles y, a veces, nada más. Antony (o Antón, como lo llamaba su “hermana” para molestarlo) ya no sabía dónde mirar.
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Por las mañanas, Lucas bajaba a desayunar moviendo las caderas de Abby de forma exagerada. La camisa larga apenas tapaba sus muslos suaves y redondeados.


- ¡Buen día, hermanito! —canturreaba con la voz dulce de Abby, pero con un tono burlón que solo Antón reconocía.

Antón intentaba concentrarse en su cereal, pero Lucas se sentaba frente a él con las piernas abiertas sin pudor, mostrando la entrepierna apenas cubierta.

- ¿Qué pasa? ¿No te gusta ver a tu hermana así? —reía, metiéndose una cucharada de yogurt en la boca lentamente, dejando que un poco le cayera por la barbilla y bajara hasta su escote.

Antón solo apretaba los dientes.

- Esto es enfermizo, Lucas. Sal de ahí de una vez.

- Nah. Me estoy divirtiendo demasiado. Además, el cuerpo de tu hermana es una maravilla. Mira qué tetas rebotan cuando camino —decía, levantándose y dando un pequeño salto para demostrárselo.



Por las tardes, cuando Agnes no estaba, Lucas usaba el cuerpo de Abby para masturbarse en el living, sin cerrar la puerta del todo. Antón pasaba por el pasillo y escuchaba los gemidos claros y húmedos. A veces se quedaba congelado unos segundos, odiándose por sentir algo de curiosidad morbosa.



Una noche, Lucas invitó a Mónica de nuevo. Antón tuvo que fingir que todo estaba normal mientras escuchaba desde su cuarto cómo su “hermana” follaba salvajemente con su novia. Los gemidos de Mónica eran más fuertes esta vez; Lucas estaba aprendiendo a usar muy bien el cuerpo de Abby.

- ¡Sí, Abby! ¡Así! ¡Más fuerte! —gritaba Mónica.

Lucas, desde el cuerpo de su hermana, respondía con la voz entrecortada:

- Te voy a comer entera hoy, puta...

Antón se tapaba los oídos con la almohada, pero no podía evitar oír los orgasmos.
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Una mañana, mientras Agnes estaba en la cocina preparando el desayuno, Lucas bajó solo con una tanga y una remera corta.


Agnes, una mujer madura de curvas generosas, cabello castaño oscuro y cuerpo aún firme a sus 42 años, lo miró con sorpresa.


- ¡Abigail! ¿Qué es esa forma de bajar? ¡Tápate, por Dios! Tu hermano está aquí.

Lucas sonrió con la boca de Abby, una sonrisa traviesa.

- Ay mamá, no seas antigua. Hace calor.

Se acercó por detrás a Agnes mientras esta freía huevos y, con total descaro, apretó su cuerpo contra el de su madre. Sus pechos se pegaron a la espalda de Agnes.

- Mmm… qué bien hueles hoy, mami —susurró Lucas al oído de Agnes, usando la voz suave de Abby.

Agnes se tensó, confundida.

- Abby… ¿qué te pasa últimamente? Estás muy rara.

Antón, que entraba en ese momento a la cocina, vio la escena y palideció.

- ¡Abby! ¡Déjala!

Lucas solo rio por lo bajo y se separó, pero no antes de darle una palmada juguetona en el culo a su madre.

- Tranquilo, hermanito. Solo estoy cariñosa.

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Los días pasaron. Lucas se volvió más audaz. Usaba el cuerpo de Abby para provocarlo constantemente: salía de la ducha desnuda “por accidente”, le pedía masajes en los hombros y luego guiaba sus manos más abajo, se masturbaba en la habitación de al lado con la puerta entreabierta para que Antón escuchara todo.

Una tarde, Antón explotó:

- ¡Ya basta, Lucas! ¡Esto no es un juego! ¡Estás destruyendo la vida de mi hermana!

Lucas, recostado en la cama de Abby solo con bragas, lo miró con superioridad.

- ¿Y qué vas a hacer, eh? ¿Decirle a tu mamá que tu amigo posee el cuerpo de tu hermana y la está usando de juguete sexual? Te van a internar, tonto.

Antón se quedó en silencio. Sabía que era verdad.

- Además… —continuó Lucas, acariciándose lentamente un pecho por encima de la remera— …me encanta este cuerpo. Pero ya me estoy aburriendo un poco de ser la “novia lesbiana”. Quiero probar algo más… maduro.

Antón sintió un escalofrío.

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Esa misma noche.

Agnes había llegado cansada del trabajo. Se duchó y se puso un camisón liviano de seda que marcaba sus amplios pechos y sus caderas anchas. Bajó a tomar un vaso de agua antes de dormir.

Lucas, en el cuerpo de Abby, la esperaba en la penumbra de la cocina.

- Mami… ¿no podés dormir?

Agnes dio un pequeño salto.

- Abby, me asustaste. ¿Qué hacés levantada?

Lucas se acercó lentamente. La luz de la luna que entraba por la ventana iluminaba su figura juvenil y provocativa.

- Tenía calor… y quería hablar contigo.

Con un movimiento rápido y fluido que nadie vio venir, Lucas abandonó el cuerpo de Abby.

Abby parpadeó confundida por un segundo, tambaleándose, pero Lucas ya había saltado.

En un instante, los ojos de Agnes cambiaron. Una sonrisa perversa apareció en su rostro maduro y atractivo.

Abby, ahora libre, cayó de rodillas confundida.

- ¿Qué… qué pasó?

Lucas, ahora dentro del cuerpo voluptuoso de Agnes, se miró las manos, luego se tocó los pechos pesados y generosos, apretándolos con placer.



- Joder… esto sí que es otro nivel.

Se giró hacia Antón, que había bajado alertado por el ruido y observaba la escena horrorizado.

Con la voz madura y sensual de Agnes, Lucas habló:

- Hola, hijito… ¿no vas a darle un beso de buenas noches a mamá?

Agnes (Lucas) se lamió los labios lentamente, mientras sus manos bajaban por su nuevo cuerpo, acariciando las curvas generosas con evidente lujuria.

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