Dos en la carretera
La radio del auto repetía las mismas noticias en un bucle agotador: “...se estima que más del sesenta por ciento de la población mundial ha intercambiado cuerpos de manera aleatoria. Las autoridades piden calma y que las personas permanezcan en sus hogares...”.
Lucas apretó el volante con fuerza. Sus nudillos se veían pálidos y delicados contra la piel bronceada que ya no le pertenecía. Cada vez que respiraba, sentía el roce sutil del sostén contra sus pechos sensibles. Era una sensación constante, extraña, que le erizaba la piel de los brazos.
A su lado, en el asiento del copiloto, Sofía —ahora en el cuerpo alto y fuerte de Lucas— se removía incómoda. Los jeans masculinos le apretaban en lugares extraños y la remera holgada no disimulaba del todo la ausencia de sostén en un torso que ya no era el suyo.
—Decime algo, che —murmuró Sofía con esa voz grave y masculina que ahora salía de su garganta—. ¿Cuánto falta para llegar?
—Unas tres horas todavía —respondió Lucas. Su propia voz, ahora aguda y suave como la de Sofía, le seguía sonando ajena—. La ruta está casi vacía. Todos deben estar escondidos en sus casas.
Sofía soltó una risa corta y nerviosa, apoyando una mano grande y fuerte sobre su propio muslo.
Lucas, en su ahora cuerpo femenino, notaba la fricción en el ambiente.
—Nunca pensé que diría esto, pero... extraño mis huevos. Este cuerpo es... raro. Todo se siente más pesado, más... potente. Pero estos pantalones me están matando.
Lucas tragó saliva. No podía evitar notar cómo los pezones de su propio cuerpo (el de Sofía) se marcaban ligeramente contra la fina tela del vestido cada vez que ella se movía. Intentó concentrarse en la ruta, pero su mente traicionera volvía una y otra vez a las sensaciones nuevas: el viento acariciando sus piernas suaves, la humedad entre sus muslos que no sabía muy bien cómo interpretar.
Habían sido mejores amigos desde la secundaria. Viajaban juntos hacia la casa de la familia de Sofía en la costa cuando ocurrió el El Gran Cambio. Ahora volvían, pero nada era igual.
Sofía lo miró de reojo y sonrió de lado, esa sonrisa traviesa que Lucas conocía tan bien.
El silencio se estiró. Lucas sentía el calor creciendo en su bajo vientre, una pulsación insistente que no conocía. Cruzó las piernas, intentando disimularlo.
Sofia rompía el hielo.
—¿Y vos? ¿Cómo se siente estar en mi cuerpo? —preguntó, bajando un poco la voz.
Lucas dudó, apretando el volante.
—Es... intenso. Todo es más suave. Más sensible. Cualquier roce me distrae —admitió finalmente, con las mejillas ardiendo.
Sofía se rio suavemente.
—Pobre. Conozco ese cuerpo mejor que nadie. Sé exactamente dónde te está volviendo loco ahora mismo.
Lucas le lanzó una mirada rápida, entre molesto y avergonzado.
—No empieces.
Pero Sofía no se detuvo. Apoyó una mano grande sobre la rodilla de Lucas (su propia rodilla femenina). El contacto fue cálido y firme. Lucas sintió un escalofrío que subió por su pierna hasta su centro.
—Pará —dijo Lucas, pero su voz salió más débil de lo que quería.
—¿Por qué? —preguntó ella, deslizando la mano un poco más arriba por el muslo, por debajo del vestido—. Estamos solos en la ruta. Nadie nos ve. Y después de todo esto... ¿no tenés curiosidad?
Lucas sintió cómo su cuerpo reaccionaba contra su voluntad: un calor húmedo se acumulaba entre sus piernas, y sus pezones se endurecieron visiblemente contra la tela del vestido. Intentó cruzar las piernas, pero eso solo intensificó la sensación.
—Sofía... somos amigos. Esto es raro —murmuró, aunque su respiración ya se estaba acelerando.
Ella retiró la mano, pero no por mucho tiempo. Minutos después, mientras Lucas intentaba concentrarse en manejar, sintió los dedos de Sofía rozando su nuca, bajando por su espalda. Cada caricia enviaba pequeñas descargas de placer a través de su nuevo cuerpo.
Lucas se removió en el asiento, sintiendo cómo sus pezones se endurecían contra la tela. Maldijo en silencio. No quería admitir lo que estaba pasando.
Continuaron así. En silencio. Solo escuchando las respiraciones de ambos, el sonido el del auto. Junto a algún que otro quejido o sonido pequeño.
—Pará en la banquina —dijo Sofía de repente.
—¿Qué? ¿Para qué?
—Necesito estirar las piernas. Y hablar. Esto es una locura y no vamos a llegar así tres horas sin decir nada.
Lucas obedeció. El auto se detuvo en un tramo desierto de ruta, rodeado de campos dorados por el sol de la tarde. Bajaron. Sofía, en el cuerpo alto de Lucas, se apoyó contra el capó con naturalidad. Lucas, en el cuerpo más pequeño de Sofía, se sintió diminuto a su lado.
—Esto es una mierda —murmuró Sofía, pasando una mano por su cabello corto—. Pero también es... no sé. Poderoso. Mirá el tamaño de estas manos. —Extendió una palma grande y la apoyó suavemente sobre el hombro de Lucas.
El contacto fue eléctrico. Lucas sintió el calor de esa mano grande atravesando la tela fina de su vestido. Su cuerpo reaccionó sin permiso: un calor líquido se acumuló entre sus piernas.
—No tenemos que hacer nada raro —dijo Lucas rápidamente, dando un paso atrás—. Somos amigos. Esto es temporal, seguro.
Sofía levantó una ceja, esa expresión tan suya incluso en el rostro de él.
—¿Raro? Lucas, te conozco desde hace años. Sé que siempre me mirabas cuando me ponía bikini. Y yo... bueno, no soy ciega. —Dio un paso más cerca—. Ahora estoy en tu cuerpo. Y sé exactamente cómo se siente esto. —Bajó la voz—. Y cómo respondería mi cuerpo si lo tocás.
Lucas sintió que sus mejillas ardían. El corazón le latía con fuerza en el pecho nuevo.
—No sé, Sofi... Esto es demasiado rápido. Me da vergüenza.
Ella sonrió con ternura y picardía al mismo tiempo.
—Tranquilo. No te voy a forzar. Pero decime la verdad: ¿no sentís curiosidad? ¿No te late fuerte el corazón? Mirá cómo se te marcan los pezones.
Lucas cruzó los brazos sobre su pecho instintivamente, pero eso solo intensificó la sensibilidad. Sofía se acercó más, hasta que sus cuerpos casi se tocaban. La mano grande de ella rozó la cadera de Lucas, subiendo despacio por su cintura.
—Solo... probemos un poco —susurró ella—. Un beso. Nada más si no querés.
Lucas dudó. Miró esos ojos que eran suyos pero que ahora lo miraban con el deseo de Sofía. Finalmente, se puso en puntas de pie y lo besó.
El beso empezó tentativo, torpe por la diferencia de altura y la novedad. Pero pronto se volvió más profundo. Sofía lo levantó con facilidad contra el capó del auto, sus manos explorando la curva de la cintura y bajando hacia las nalgas. Lucas jadeó contra su boca cuando sintió la erección creciente de su propio cuerpo presionando contra él.
—Espera... —murmuró Lucas, separándose un poco, respirando agitado—. Esto es... demasiado. Mi cuerpo está reaccionando solo.
Sofía rio suavemente, besándole el cuello con labios cálidos.
—Ese es el punto, boludo. Dejá que responda. Yo sé exactamente qué le gusta a este cuerpo. —Su mano bajó, rozando el interior del muslo de Lucas por debajo del vestido. El roce hizo que un gemido escapara de los labios de él sin permiso.
Lucas cerró los ojos, sintiendo oleadas de placer que nunca había experimentado. Su clítoris (el de Sofía) palpitaba con cada caricia sutil. La humedad crecía, haciendo que la ropa interior se pegara incómodamente.
—Sofi... no sé si deberíamos...
Pero su cuerpo lo traicionaba. Se arqueó contra ella, buscando más contacto.
Sofía lo besó de nuevo, más hambriento esta vez, mientras su mano subía por debajo del vestido y rozaba la tela húmeda de las bragas.
—Dios, estás empapada —murmuró contra su oído—. Mi cuerpo siempre fue sensible, pero esto es otra cosa.
Lucas jadeó, aferrándose a los hombros anchos de ella. La vergüenza se mezclaba con un deseo creciente que no podía controlar.
—Andá despacio... por favor.
—Te guío —prometió Sofía.
Volvieron al interior del auto, reclinando los asientos. La ropa cayó poco a poco: el vestido de Lucas, la remera y pantalones de Sofía. Ahora desnudos, la diferencia de cuerpos era aún más evidente y excitante.
Sofía se posicionó sobre él, besando sus pechos con reverencia. Tomó un pezón entre sus labios y lo succionó suavemente. Lucas arqueó la espalda, gimiendo alto. La sensación era intensa, como electricidad directa al centro de su placer.
—Ah... mierda, eso se siente... increíble —jadeó Lucas, enredando los dedos en el cabello corto de ella.
Sofía sonrió contra su piel.
—Sabía que te iba a gustar. —Bajó más, besando el vientre, los muslos. Separó las piernas de Lucas con cuidado y miró su propio sexo expuesto, ahora húmedo y ansioso.
—Mirá lo mojada que estás —dijo con voz ronca—. Esto es mío... y ahora lo voy a disfrutar.
Bajó la boca. Su lengua recorrió los pliegues húmedos con precisión experta. Lucas gritó de placer, las caderas moviéndose por instinto contra la boca de Sofía. Cada lamida enviaba ondas de calor por todo su cuerpo. Sentía el clítoris hinchado, sensible, respondiendo a cada toque.
—No pares... por favor —suplicó Lucas, perdido en las sensaciones.
Sofía añadió un dedo, luego dos, curvándolos en el punto exacto que sabía que volvería loco a su propio cuerpo. Lucas se tensó, el orgasmo acercándose rápido.
Pero Sofía se detuvo, subiendo de nuevo para besarlo en la boca. Lucas probó su propio sabor en los labios de ella.
—Quiero que me sientas adentro —susurró Sofía, posicionando la erección dura contra la entrada húmeda de Lucas.
Lucas dudó un segundo más, pero el deseo ganó.
—Despacio... es mi primera vez... en este cuerpo.
Sofía entró lentamente, centímetro a centímetro. Lucas sintió cómo lo llenaba, una sensación de plenitud abrumadora y placentera. Gimió largo, clavando las uñas en la espalda de ella.
—Dios... es tan grande... se siente tan lleno...
Sofía empezó a moverse, primero suave, luego con más ritmo. Cada embestida enviaba placer a través del cuerpo de Lucas. Sus pechos se movían con cada golpe, y Sofía no perdía oportunidad de besarlos o pellizcarlos.
—Mirá cómo responde tu cuerpo —jadeó Sofía—. Está apretándome perfecto. Siempre supe que eras sensible.
Lucas solo podía gemir y moverse contra ella, perdido en el placer. Sentía cada vena, cada pulsación dentro de él. El clítoris rozaba contra el pubis de Sofía con cada movimiento, sumando capas de placer.
—Más fuerte... —pidió Lucas, sorprendido de sus propias palabras.
Sofía aceleró, follándolo con fuerza ahora. El auto se mecía con sus movimientos. Los gemidos de ambos llenaban el espacio cerrado.
Lucas sintió el orgasmo construyéndose como una ola gigante. Sus paredes internas se contrajeron alrededor de la polla de Sofía.
—Me vengo... Sofi, me vengo...
—Venite conmigo —gruñó ella, embistiendo profundo.
Ambos llegaron casi al mismo tiempo. Lucas sintió contracciones intensas, un placer que lo recorrió entero, mucho más difuso y prolongado que cualquier orgasmo masculino que hubiera tenido. Sofía se vació dentro de él con un gemido ronco, su cuerpo temblando.
Quedaron abrazados, sudorosos y jadeantes, en el asiento reclinado. Sofía acariciaba el cabello de Lucas con ternura.
—¿Estás bien? —preguntó ella suavemente.
Lucas sonrió, todavía temblando de placer residual.
—Más que bien. Fue... intenso. Nunca sentí algo así.
Sofía rio bajito.
—Te dije que conocía bien este cuerpo. ¿Y ahora?
Lucas lo pensó un momento, trazando círculos en el pecho de ella.
—Ahora seguimos siendo nosotros. Solo que con algunos... beneficios nuevos. ¿Repetimos cuando lleguemos a casa?
Sofía soltó una carcajada fuerte y masculina que llenó el auto.
—Contá con eso, boludo. Varias veces.
El sol se ponía en el horizonte mientras volvían a la ruta. El viaje ya no parecía tan largo.
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